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El verano no tiene por qué ser un problema para los niños con asma, pero tampoco es momento de bajar la guardia. Aunque las infecciones respiratorias son menos frecuentes, el calor, los pólenes, las tormentas de verano, las piscinas cloradas, o el abandono del tratamiento pueden favorecer la aparición de síntomas y de crisis asmáticas.
