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Con el envejecimiento acelerado de la población, los casos de demencia no dejan de crecer y se preparan para convertirse en una de las grandes presiones del sistema sanitario. En la última década la investigación se ha volcado en un mensaje clave: parte de ese riesgo es modificable, y lo que hacemos en el día a día —cómo nos movemos, qué comemos, cómo nos relacionamos— puede marcar una diferencia real en cómo envejece el cerebro.
