Nuevo estudio: las cuatro formas de dormir y sus posibles consecuencias para la salud

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María Ángeles Bonmatí Carrión, Universidad de Murcia

Que dormir mal o de forma insuficiente nos puede hacer enfermar es algo que la evidencia científica ha ido poniendo sobre la mesa desde hace décadas. Son muchos los problemas de salud que se asocian a una mala calidad del sueño o a dormir menos de lo que necesitamos. Por ejemplo, alteraciones metabólicas como la diabetes o la obesidad, enfermedades neurodegenerativas o problemas de salud mental se han relacionado con la falta de sueño.

Pero ¿hay una única forma de dormir mal o existe diversidad entre los “malos dormidores”? ¿Se trata de una condición inmutable o puede cambiar a lo largo del tiempo? ¿Los diferentes tipos de “mal dormir” influyen de manera distinta en el riesgo de padecer enfermedades como las antes mencionadas?

Investigadores de varias universidades, en su mayoría estadounidenses, han llevado a cabo un estudio con el que pretendían, precisamente, responder a estas preguntas. Para ello, analizaron las respuestas a una encuesta realizada a 3 683 personas en dos momentos distintos de sus vidas separados por 10 años.

Formas (o fenotipos) de dormir

A partir de estas respuestas, los investigadores establecieron cuatro modos o “fenotipos” de dormir. Para ello se basaron en distintos aspectos del sueño, como la regularidad (¿dormían lo mismo en fin de semana que entre semana?) o la facilidad para quedarse dormidos y no despertarse en mitad de la noche.

También tuvieron en cuenta el nivel de cansancio durante el día y si hacían siestas, si tardaban más de 30 minutos en conciliar el sueño o si dormían menos de 7 horas al día.

Los cuatro fenotipos que establecieron fueron: buenos dormidores, dormidores insomnes, dormidores de fin de semana y siesteros (con “s”). Los primeros dormían, en general, lo suficiente, mientras que los insomnes –como su propio nombre nos hace sospechar– lo hacían poco, estaban cansados durante el día y les costaba conciliar el sueño.

Por su parte, los dormidores de fin de semana, en su mayoría personas más jóvenes, dormían menos entre semana que durante el fin de semana, posiblemente en un intento de recuperar horas de sueño “perdidas”. Y los siesteros, normalmente personas de más edad, solían dormir bien y hacían siestas con frecuencia.

¿Cambian estos fenotipos de sueño a lo largo de la vida? Un 77 % de los encuestados mantuvo su forma de dormir durante los 10 años examinados, pero no todos los fenotipos fueron igual de “fieles”. Los más estables fueron los siesteros y los insomnes. Por contra, el 73 % de los dormidores de fin de semana sí pasaron a ser siesteros o insomnes al cabo de esos 10 años.

Sueño, salud y situación socioeconómica

Según este estudio, clasificarse como dormidor insomne en uno de los dos momentos en los que se hizo la encuesta predispondría a padecer entre un 28 y un 81 % más de patologías crónicas, mientras que serlo en ambos momentos supondría un riesgo entre un 71 y un 188 % mayor de sufrir enfermedades cardiovasculares, diabetes, depresión o fragilidad.

Los siesteros también presentaban un mayor riesgo de diabetes, cáncer y fragilidad. Y pasar a ser siestero o insomne a lo largo de esos 10 años se asoció con un mayor riesgo de padecer patologías crónicas, independientemente de la edad y de otras circunstancias.

Un aspecto importante de este estudio es que tiene en cuenta ciertas circunstancias socioeconómicas y las pone en relación con los cuatro fenotipos de sueño. Por ejemplo, los autores observaron que cuanto mayor era el nivel educativo de los encuestados, menos probable era que fueran insomnes.

Por otro lado, estos síntomas de insomnio también fueron más frecuentes en el caso de personas desempleadas que en el de los trabajadores. Y no es de extrañar, porque el trabajo remunerado no solo proporciona ingresos y estabilidad económica, sino también una suerte de arquitectura horaria que puede ayudar a mantener un ciclo regular de sueño/vigilia.

Un trabajo controvertido

De todos modos, el reciente trabajo presenta algunos resultados que, aparentemente, no coincidirían con lo que se conoce hasta ahora.

Por un lado, los autores no encontraron ninguna asociación entre la irregularidad en el patrón de sueño (los dormidores de fin de semana) y un mayor riesgo de patologías. Sin embargo, el llamado jet lag social, que se refiere precisamente al cambio en los horarios de sueño producidos en fin de semana con respecto al resto de la semana, sí se ha vinculado previamente con este mayor riesgo de problemas de salud.

Hay que tener en cuenta que la investigación no evaluó estrictamente el jet lag social, sino la regularidad en el número de horas de sueño. Es decir, consideraron solo el “cuánto”, sin tener en cuenta el “cuándo”.

Por otro lado, los autores describen que los “siesteros” tendrían un mayor riesgo de patologías como la diabetes. Sin embargo, otros estudios han sugerido que una siesta corta (de menos de 30 minutos) podría precisamente proteger frente a alteraciones metabólicas (al contrario de lo que ocurriría con las largas).

Debemos tener en cuenta que desconocemos el tipo de siestas que practicaban los participantes. Además, los propios autores reconocen que es difícil saber si el aumento de las siestas es la causa o, más bien, la consecuencia de las posibles patologías aparecidas a lo largo de esos 10 años.

Tampoco debemos olvidar, tal como los autores indican, que se trata de un estudio basado en encuestas que abordan la calidad del sueño desde un punto de vista subjetivo. Además, con este trabajo solo podemos establecer asociaciones: es imposible asegurar que la causa última del aumento de patologías al cabo de 10 años sean los distintos fenotipos de sueño.

En cualquier caso, el estudio sí pone sobre la mesa algo fundamental: la necesidad de incorporar programas de prevención y protección de un proceso fisiológico esencial como el sueño, que se ajusten a la gran diversidad de formas del “mal dormir”.The Conversation

María Ángeles Bonmatí Carrión, Investigadora postdoctoral CIBERFES y profesora colaboradora UMU, Universidad de Murcia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.