Falacia post hoc, o por qué nos creemos explicaciones absurdas

Falacia post hoc ergo propter hoc

Nuestra mente busca conexiones y patrones. Es una tendencia normal. Lo hacemos automáticamente para encontrar un sentido a lo que ocurre, sacar conclusiones y actuar en consecuencia.

Sin embargo, en muchas ocasiones el deseo de encontrar explicaciones nos lleva a establecer vínculos espurios entre la causa y el efecto. A veces, el deseo de que las cosas adquieran significado para escapar de la incertidumbre nos hace caer en la falacia post hoc.

Post hoc ergo propter hoc, el sofisma que nos lleva a establecer vínculos erróneos

La frase post hoc ergo propter hoc es una expresión latina que se utiliza para expresar un sofisma: “después de esto; por tanto, a causa de esto”. Acortada como post hoc, también se conoce como correlación coincidente.

Esta falacia consiste en conectar dos eventos no relacionados, asumiendo que uno ha sido la causa el otro. Lo que genera el error es la secuencia temporal. Dado que un acontecimiento se produce después de otro, asumimos que el segundo es consecuencia del primero.

Como nuestro pensamiento es fundamentalmente lineal, muchas veces damos demasiada importancia al factor tiempo en la ecuación, sin darnos cuenta de que es tan solo una variable más. Como resultado, sacamos conclusiones apresuradas guiándonos únicamente por el orden en que se producen los acontecimientos.

Básicamente, la falacia post hoc consiste en pensar:

El hecho A se produjo antes que el hecho B.

Por lo tanto, A causó B.

Por supuesto, la coincidencia temporal no basta para establecer nexos de causa y efecto entre dos acontecimientos. Por ejemplo, los gallos siempre cantan antes de que salga el sol. Si aplicamos el razonamiento post hoc ergo propter hoc, ello nos llevaría a pensar que el sol sale por el canto del gallo. Obviamente, sabemos que no es así.

Sin embargo, en la vida real las relaciones causales no son tan evidentes, de manera que caemos en la falacia post hoc continuamente. De hecho, este sofisma se encuentra en la base de muchas creencias supersticiosas, el pensamiento mágico e incluso nuestros prejuicios sociales.

De la buena suerte a la malaria, los diferentes caminos del razonamiento post hoc

Imagina que estás caminando y te encuentras un trébol de la suerte. Más tarde ese mismo día, apruebas con sobresaliente un examen o superas una entrevista de trabajo y te eligen para ocupar el puesto. Podrías pensar que ese trébol te trajo buena suerte. Sin embargo, serías víctima de la falacia post hoc ya que un evento realmente no tiene conexión con el otro.

De hecho, muchas de las personas que creen en la buena o mala suerte, cometen este tipo de error al conectar acontecimientos que no guardan ningún vínculo lógico ni causal. Los amuletos de la suerte son un ejemplo de falacia post hoc pues pensamos que nos ayudarán a mejorar nuestro desempeño o alcanzar nuestras metas.

En realidad, todo lo que un amuleto de la suerte puede hacer es brindarnos una dosis de confianza adicional. El resto dependerá de nuestras capacidades, esfuerzo y preparación, así como de las circunstancias.

Ni siquiera el pensamiento científico es inmune a esta falacia. La historia lo demuestra. Cuando la malaria se extendió, algunos médicos de la época observaron que las personas que más se exponían al aire de la noche, sobre todo en verano, eran más propensas a desarrollar la enfermedad.

El razonamiento post hoc implicaba que el aire nocturno era la causa de la malaria. De hecho, su nombre proviene del término italiano “mal’aria” que significa “aire malo”. Tuvo que pasar mucho tiempo para comprender que eran los mosquitos anofeles los que transmitían la enfermedad. Aunque estos eran más comunes en verano y, por supuesto, atacaban más a las personas que pasaban más tiempo al aire libre, eso no significaba que el aire tuviese algún componente dañino per se.

¿Por qué se produce la falacia post hoc?

La falacia post hoc se aprovecha de nuestro deseo natural de obtener explicaciones simples. Nos cuesta mucho lidiar con la incertidumbre, sobre todo en los tiempos modernos, en los que nos hemos acostumbrado a las respuestas y soluciones instantáneas.

Además, nuestro cerebro está programado para encontrar patrones, buscar certezas fácticas y emitir juicios expeditos. Nos encantan los atajos mentales, un fenómeno que en Psicología se conoce como “heurísticos” y que, si bien pueden brindarnos cierta confianza, además de ayudarnos a tomar decisiones rápidas, a menudo esos atajos pueden llevarnos por mal camino, haciéndonos conectar puntos que no guardan relación.

Otro factor subyacente que alimenta la falacia post hoc es nuestro sesgo de confirmación. A nuestra obsesión por buscar patrones se le suma la tendencia a interpretar y recordar fundamentalmente la información que confirme nuestras creencias preexistentes. Por tanto, si creemos en la suerte, estaremos tentados a usar amuletos y atribuirles un poder mágico sobre los hechos.

De la misma manera, si somos celosos, creeremos que una omisión de nuestra pareja es un signo de infidelidad. Y si tenemos dentro la semilla de la xenofobia, achacaremos cualquier empeoramiento en las condiciones sociales a la llegada de un mayor número de extranjeros.

Lo peor del razonamiento post hoc ergo propter hoc es que a menudo estamos tan convencidos de su veracidad, que tomamos decisiones basándonos en esas correlaciones espurias. Obviamente, eso nos hace incurrir en errores y se convierte en terreno fértil para que crezcan estereotipos, prejuicios y juicios extremos con poco fundamento racional.

¿Cómo liberarnos de la falacia post hoc?

Para detectar una falacia post hoc debemos comenzar por desarrollar una dosis de sano escepticismo. Aunque nuestro cerebro tiende a establecer correlaciones entre los eventos, debemos recordar que muchos fenómenos pueden producirse de manera coincidente, sin que ello signifique que estén relacionados o que uno haya causado el otro.

Una correlación temporal no implica causalidad. Para demostrar una relación causa/efecto necesitamos muchas más pruebas que una simple progresión temporal. Siempre que escuchemos una afirmación de este tipo – o la realicemos nosotros mismos – debemos pedir o buscar pruebas y argumentos fehacientes que la respalden más allá de la conexión temporal.

También debemos recordar que prácticamente todos los fenómenos son multideterminados, lo cual significa que por muy tentador que resulte simplificar sus causas y realizar generalizaciones rápidas, lo más probable es que en su origen confluyan diferentes factores, muchos de los cuales ni siquiera conocemos.

Ser conscientes de la multidimensionalidad de los fenómenos y aprender a movernos en ese mundo complejo, sintiéndonos relativamente cómodos con la incertidumbre, reducirá nuestra necesidad a establecer unas correlaciones espurias que solo nos aportan una seguridad ilusoria y nos alejan de una comprensión más lógica, adaptativa y cabal del mundo que nos rodean y las cosas que ocurren.

Referencias Bibliográficas:

Redelmeier, D. A. & Ross, L. D. (2020) Pitfalls from Psychology Science that Worsen with Practice. J Gen Intern Med.; 35(10): 3050–3052.

Hempelmann, E. & Krafts, K. (2013) Bad air, amulets and mosquitoes: 2,000 years of changing perspectives on malaria. Malar J.; 12: 232.

Pope, K. S., & Vasquez, M. J. T. (2005) Avoiding logical fallacies in psychology. En: K. S. Pope & M. J. T. Vasquez, How to survive and thrive as a therapist: Information, ideas, and resources for psychologists in practice (pp. 101–107). 

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