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Cuando eres adulto, echarse la siesta se convierte casi en un ritual: un rato de sofá, persiana medio bajada y la promesa de levantarse con más energía. Muchas familias lo ven como un hábito sano, casi obligatorio, para ‘recargar pilas’ a media mañana o después de comer. Pero los especialistas en sueño llevan tiempo advirtiendo de que no todas las siestas son iguales y de que el momento del día en que uno se queda dormido puede estar contando algo importante sobre su salud.
