El arte de tomarse las cosas a la ligera sin ser superficial

En la vida, pocas cosas son tan importantes como para quitarnos el sueño. Y, sin embargo, imbuidos en la vertiginosidad del día a día, convertimos lo intrascendente en preocupaciones colosales. Confundimos lo urgente con lo importante. Nos enfadamos por asuntos banales que olvidaremos el mes próximo. Perdemos la calma con facilidad. Nos irritamos ante el menor contratiempo y nos estresamos ante la más mínima presión.

En gran parte, esa reactividad emocional exagerada se debe a que nos tomamos las cosas demasiado a pecho. No somos capaces de mantener la distancia psicológica necesaria como para ver lo que nos ocurre en perspectiva. Por ese motivo, uno de los aprendizajes más importantes y que más calma nos aportará en la vida consiste en tomarnos las cosas más a la ligera – sin llegar a ser superficiales.

Vivir con ligereza

Todos tenemos una tendencia natural a querer controlar lo que ocurre en nuestra área de acción. A través del control intentamos satisfacer nuestra necesidad de seguridad. Sin embargo, como el pasado no se puede cambiar y el futuro es esquivo, esta actitud controladora a menudo solo genera ansiedad y preocupaciones, aumentando la pesadez de vivir.

De hecho, en un mundo cada vez más sombrío, contaminado por las catástrofes y las dificultades, sometidos al bombardeo constante de noticias perturbadoras, el pesimismo tóxico y la ira desenfrenada, necesitamos imperiosamente aprender a fluir y soltar lastre para equilibrar nuestro mundo interior.

Italo Calvino tenía el antídoto: vivir con ligereza. Nos aconsejaba: “tómate la vida a la ligera, que la ligereza no es superficialidad, sino volar sobre las cosas desde arriba, sin piedras pesadas en el corazón”.

La ligereza consiste en “quitar peso” a la representación de la realidad. Aprender a dar a cada cosa el lugar que le corresponde en nuestra vida pero, sobre todo, consiste en no acumular frustraciones, preocupaciones y responsabilidades ajenas.

Tomarse las cosas a la ligera no significa ser superficial, sino dejar de tomárnoslo todo a la tremenda. Dejar de hacer tormentas en vasos de agua. Olvidarse del drama. Asumir que no todo es personal. Dejar que la rabia, la tristeza o la frustración fluyan hasta que terminen diluyéndose.

Vivir a la ligera también significa hacer las paces con uno mismo. Dejar de ser nuestro juez más severo para empezar a tratarnos con mayor amabilidad. Consiste en perdonarse a uno mismo. Liberarse de esas mochilas emocionales que a veces nos obligamos a cargar. La ligereza es alivio y cuidado de uno mismo en un mundo que nos obliga a estar permanentemente en tensión y a disposición de los demás.

Vivir a la ligera significa ser capaz de dilatar el tiempo. Interrumpir el flujo de la vida que nos deja sin aliento. Recuperar el tiempo que ocupa una dimensión interior convirtiéndolo en alimento para el alma y el corazón. Prestarse más atención, pero sin tomarse demasiado en serio, adoptando una postura lúdica y curiosa ante uno mismo.

Vivir a la ligera también significa recuperar la posesión de nuestro «yo» para poder volar más alto, desde ese sano desapego que nos permite atravesar la adversidad saliendo ilesos. Es la capacidad para reconocer lo sutil y lo vital incluso ante el dolor para poder reposicionarnos en lo esencial. Es redescubrir el gusto por la maravilla y la risa, lo sencillo e incluso lo banal.

Un ejercicio para aprender a tomarse las cosas a la ligera y soltar lastre

Un ejercicio muy sencillo para comenzar a deshacernos del peso que nos bloquea consiste en imaginar o dibujar un saco negro. Ese saco representa todas las cosas que arrastramos, todas esas preocupaciones, responsabilidades, miedos, inseguridades, frustraciones…

Debemos preguntarnos: ¿cuáles son las cosas que más nos pesan en la vida? ¿Por qué las estamos cargando? ¿Qué podemos sacar de ese saco para mejorar nuestra vida, ser más felices o sentirnos más satisfechos?

A continuación, podemos escribir una lista separando lo nuestro de aquellas cosas que podemos devolver al remitente, como las expectativas ajenas, las demandas excesivas del mundo externo y las presiones sociales.

Así podremos ir liberándonos de un equipaje emocional que, lejos de ser útil, nos obstaculiza y desequilibra. Puede que no nos convirtamos en plumas, pero podremos vivir más ligeros. Y quitarnos ese gran peso solo puede ser saludable para el cuerpo y la mente.

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