¿Cuándo ir a terapia de pareja? 5 señales sutiles que dan la voz de alarma

Cuándo ir a terapia de pareja

Cuando damos el “sí, quiero”, lo hacemos muy ilusionados pensando que es para siempre. Pero lo cierto es que para que una relación de pareja funcione no basta el amor. El día a día puede hacer mella en nuestros mejores deseos llevando consigo una dosis de problemas, conflictos y discrepancias que pueden afectar la convivencia, atenuar la pasión y empañar el cariño.

De hecho, ¿sabías que en España, siete de cada diez matrimonios terminan en ruptura, según el Instituto de Política Familiar? Solo en 2022, se produjeron casi 225 divorcios al día, de acuerdo con el último informe del Instituto Nacional de Estadística. Sin embargo, no es necesario llegar hasta ese punto, sobre todo si aprendes a reconocer las primeras señales que indican que la relación podría estar comenzando a hacer aguas.

Los signos que indican que tu relación está atravesando un bache importante

Actuar rápido es esencial para evitar que la relación se deteriore demasiado y se instauren patrones tóxicos. El problema es que cuando cada persona arrastra su propio bagaje emocional, tiende a repetir los mismos errores y reaccionar de la misma manera, por lo que no siempre es posible romper el bucle desde dentro o incluso darse cuenta de los verdaderos obstáculos.

En esos casos, cuando no se busca ayuda de un psicólogo, es habitual caer en un fuego cruzado de reproches y culpas debido a la frustración que genera la incapacidad para solucionar los conflictos. Si la pareja no puede superar ese bache, lo más probable es que termine separándose.

En cambio, “una terapia de pareja conjunta puede ayudar en problemas de comunicación en la relación y averiguar cuáles son los principales motivos que causan los conflictos y discusiones”, como explican desde Psicoclínica Barcelona. La psicoterapia suele ser una solución efectiva para la mayoría de las dificultades que afrontan las parejas, tanto a nivel emocional, como comunicativo, sexual o incluso de inseguridad o en la educación de sus hijos.

Ir al psicólogo os proporcionará un espacio para que abordéis vuestras diferencias y preocupaciones de manera más asertiva y constructiva. Podréis daros cuenta de vuestros patrones disfuncionales y aprender técnicas comunicativas y resolución de conflictos para solucionar los problemas y reforzar la relación de cara al futuro.

Ir al psicólogo os proporcionará un espacio para que abordéis vuestras diferencias y preocupaciones de manera más asertiva y constructiva. Podréis daros cuenta de vuestros patrones disfuncionales y aprender técnicas comunicativas y resolución de conflictos para solucionar los problemas y reforzar la relación de cara al futuro.

Estas son algunas de las primeras señales de alarma:

1. Habéis dejado de hablar de lo que sentís

Cuando os vais a vivir juntos, es fácil que la rutina se instaure y que, entre tantas obligaciones, vuestras conversaciones comiencen a gravitar en todo a la logística cotidiana. Os contáis vuestra jornada y habláis sobre los hijos, amigos, familiares y compañeros de trabajo mientras obviáis la relación.

Es probable que le cuentes que te sientes frustrado por algo que ocurrió en el trabajo o que su madre te ha enfadado, pero como dais por descontada la relación, habláis cada vez menos de lo que sentís el uno por el otro. También es posible que hayáis dejado de abordar temas profundos, esos que antes os apasionaban y que os permitieron conectar y sentir que estabais hechos el uno para el otro porque teníais una visión común.

Sin embargo, con el paso del tiempo todos cambiamos, por lo que es importante mantenerse al tanto del universo cognitivo y emocional del otro. También es normal que con los problemas y desencuentros del día a día vayan surgiendo resentimientos, conflictos o temores de los que es necesario hablar para que no se conviertan en elefantes en la habitación. Si ya no lo hacéis y os sentís distantes, quizá sea necesario ir al psicólogo para que podáis expresar todas esas emociones que se han ido cociendo a fuego lento durante tanto tiempo.

2. Todo os parece cuesta arriba

En la relación de pareja, igual que en la vida, hay etapas en las que todo fluye y momentos en los que las cosas cuestan más. Es normal. De hecho, toda relación demanda una buena dosis de trabajo y esfuerzo. Sin embargo, si desde hace tiempo sentís que vuestra relación está estancada, quizá haya que hacer un alto en el camino para valorar lo que está ocurriendo.

Es normal que algunos días la convivencia resulte más difícil, pero no es normal que casi siempre te sientas como si estuvieras tirando de un pesado equipaje montaña arriba. Si los silencios se han convertido en el pan cotidiano, algo ocurre. Es probable que cada uno se sienta solo al lado del otro o que le cueste conectar como antes.

Si ya no te hace ilusión encontrarte con tu pareja, sino que ante la simple idea de llegar a casa te embarga una sensación de pesadez o incluso malestar, ha llegado el momento de pedir ayuda psicológica. Si tu relación arrastra un peso permanente, como una nube gris, debes preguntarte de dónde proviene. Tenéis que abordar esas sensaciones o la pesadez no desaparecerá. De hecho, probablemente crecerá hasta absorber toda vuestra energía y vitalidad.  

3. Estáis con la mente en otra parte

Es probable que a veces vuelvas del trabajo y los problemas te consuman o que estés atravesando una crisis vital y las preocupaciones te hagan estar con la cabeza en otra parte, pero eso no debería ser un motivo para alejarte de tu pareja. De hecho, si algo te inquieta, debería convertirse en tema de conversación pues se supone que la persona que has elegido para compartir la vida debe ser tu mayor sostén psicológico.

Estar distraídos, con la mente en otra parte o usando constantemente el móvil, mientras estáis juntos, es una mala señal porque indica que se ha perdido la sintonía y la necesidad de comunicar con el otro. Ese tipo de desconexión suele conducir a relaciones asimétricas en las que solo uno se esfuerza para que las cosas funcionen.

No estar plenamente presente termina provocando fatiga y frustración en la persona que más se compromete, que a menudo se siente sola, incomprendida y profundamente insatisfecha. Si no abordáis el problema, es probable que terminéis convirtiéndoos en dos extraños que viven bajo el mismo techo. Y es probable que la relación no dure mucho en esas circunstancias.

4. Discutís siempre por lo mismo

Discutir no es malo. Un estudio realizado en la Universidad de Tennessee reveló que las parejas sólidas confrontan sus diferencias, pero lo hacen asumiendo un enfoque centrado en la solución de conflictos que les permite ir remediando los desacuerdos a medida que surgen. En cambio, las discusiones en bucle por los mismos motivos terminan desgastando, dejan un mal sabor de boca y, a la larga, merman el amor.

Si discutes con tu pareja por los mismos motivos, es probable que os digáis siempre las mismas cosas, os lancéis los mismos reproches y la discusión siempre termine igual. Sin embargo, los altercados recurrentes rara vez se refieren realmente al hecho que los causó. De hecho, psicólogos de la Universidad de Queensland constataron que cambiar el comportamiento molesto no es suficiente para que las parejas dejen de discutir pues no resuelve el problema que se encuentra en la base.

Las peleas recurrentes esconden una necesidad insatisfecha o un conflicto latente. No discutes con tu pareja porque deja los platos sin lavar en el fregadero o se le olvida las fechas significativas sino porque crees que eso significa que no te considera, respeta o ama lo suficiente.

En general, las discusiones de pareja suelen estar causadas por cinco razones: desequilibrio de poder, pérdida de confianza, falta de reciprocidad, merma del respeto o defensa del espacio y la independencia. Eso significa que hasta que no abordes el problema subyacente, tendréis motivos para seguir discutiendo. Ir a terapia de pareja os permitirá encontrar la causa y pasar página para salir de ese extenuante día de la marmota.

5. No os acordáis del contacto físico

Es probable que al principio no pudierais quitaros las manos de encima. Pero luego, a medida que fue pasando el tiempo y las rutinas entraron en acción, la necesidad de estar cerca disminuyó. Es posible que hayáis comenzado a sentiros cada vez más cómodos en vuestros propios espacios, de manera que habéis ido desterrando el contacto físico.

Y no me refiero únicamente al contacto sexual. Me refiero a las muestras de cariño y afecto. Un abrazo. Una caricia. Un acercamiento tierno… Cada toque humano transmite una gran energía, por lo que si el contacto físico desaparece, también se desvanece un pilar importante de vuestra relación.

De hecho, el contacto físico es una señal importante de intimidad, un indicador natural de sintonía, preocupación y cariño. El tacto nos nutre y vincula. Nos hace sentir amados y seguros e incluso estimula la producción de oxitocina, un neurotransmisor que nos conecta y nos hace sentir bien, como demostró un estudio realizado en las universidades de Skövde y Linköping.

Cuando quieres a una persona, tienes la tendencia natural a abrazarla, mimarla, tocarla, besarla… Que el contacto físico haya disminuido no significa necesariamente que la relación tenga un problema insalvable, pero es probable que en algún momento se haya producido una deriva que hay que corregir.

Por último, recuerda que cada relación es diferente. Estos son tan solo algunas señales de alarma, pero si últimamente no te sientes bien en tu relación o ha dejado de llenarte, experimentas dudas o ambivalencia, es conveniente ir a terapia de pareja para explorar los motivos y “reiniciarla” si es necesario.

Referencias Bibliográficas:

Handlin, L. et. Al. (2023) Human endogenous oxytocin and its neural correlates show adaptive responses to social touch based on recent social context. Elife; 9(12): e81197.

(2022) Estadística de Nulidades, Separaciones y Divorcios (ENSD). En: Instituto Nacional de Estadística.

Rauer, A. et. Al. (2020) What are the Marital Problems of Happy Couples? A Multimethod, Two-Sample Investigation. Family Process; 59(3): 1275-1292.

Martínez, M. et. Al. (2015) Nupcialidad y Ruptura en España 2015. En: Instituto de Política Familiar.

Behrens, B. C. et. Al. (1990) Behavioural Marital Therapy: An Evaluation of Treatment Effects Across High and Low Risk. Journal of Behavior Therapy; 21(4): 422-433.

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