La London Philharmonic Orchestra ilumina el otoño madrileño en Ibermúsica: dos veladas monumentales en el Auditorio Nacional

La London Philharmonic Orchestra ilumina el otoño madrileño en Ibermúsica: dos veladas monumentales en el Auditorio Nacional

Un fascinante viaje sonoro que va desde el lirismo de Brahms y la fuerza de Sibelius hasta la pasión dramática de Chaikovski

El otoño madrileño se viste de gala sinfónica. Los próximos 28 y 29 de octubre, el Auditorio Nacional de Música vivirá dos jornadas históricas de la mano de una de las formaciones más deslumbrantes del panorama internacional: la London Philharmonic Orchestra, bajo la dirección de Edward Gardner, dentro del prestigioso ciclo de Ibermúsica. Dos programas monumentales que reunirán sobre el escenario a solistas de primer nivel mundial como Julia Fischer y Daniel Müller-Schott. Un fascinante viaje sonoro que va desde el lirismo de Brahms, por duplicado, y la fuerza de Sibelius hasta la pasión dramática de Chaikovski.

La London Philharmonic Orchestra fue fundada en 1932 por Sir Thomas Beecham, es una de las grandes instituciones sinfónicas del mundo. Además de su destacada trayectoria de conciertos y grabaciones bajo las órdenes de directores históricos, es mundialmente famosa por haber grabado legendarias bandas sonoras cinematográficas como las sagas de El Señor de los Anillos y El Hobbit. Su actual director, Gardner, además de haber sido corista, toca el piano, el clarinete y el órgano.

Anticipo de la Navidad

Para la sesión inaugural del miércoles 28 de octubre a las 19:30 h, el programa despliega un repertorio tan emotivo como poderoso. Pau Casals abrirá la noche con la delicadeza y la hondura de su Preludio de El oratorio del pesebre, un anticipo de la Navidad que ya está casi encima. Es un himno a la paz desde el exilio: Casals comenzó a componer esta monumental obra en Prades (Francia) durante su exilio tras la Guerra Civil Española y en plena Segunda Guerra Mundial (entre 1943 y 1946). Décadas después, en los años 60, el propio Casals convirtió El Pesebre en una cruzada personal por el entendimiento y la paz mundial, dirigiéndola personalmente en más de 40 auditorios de todo el mundo (incluyendo la sede de la ONU en Nueva York). El preludio orquestal sienta las bases de ese mensaje de serenidad y esperanza. Musicalmente, destila una atmósfera meditativa y profundamente mediterránea. Casals impregna la partitura de un sentido de plegaria universal, donde la sencillez melódica esconde una gran complejidad armónica y un profundo sentido de la comunión con la naturaleza y la humanidad.

A continuación, el escenario recibirá a dos figuras imprescindibles del panorama internacional: la violinista Julia Fischer y el violonchelista Daniel Müller-Schott, quienes unirán su talento para interpretar el exigente y bellísimo Concierto doble para violín y violonchelo de Johannes Brahms. Julia fue una niña prodigio que comenzó a tocar el violín a los tres años y el piano a los cuatro. De hecho, mantiene un nivel tan alto en ambos instrumentos que en contadas ocasiones ha ofrecido conciertos en los que toca el violín en la primera mitad del programa y el piano en la segunda. Toca un violín Giovanni Battista Guadagnini (de 1742), un instrumento histórico al que considera un compañero de viaje inseparable.

Por su parte Daniel Müller-Schott es uno de los violonchelistas más carismáticos de la actualidad, conocido por su sonido cálido, su profunda expresividad y su curiosidad por explorar tanto el repertorio clásico como nuevas colaboraciones contemporáneas. Toca un magnífico violonchelo veneciano fabricado por Matteo Goffrur en 1727, un instrumento que aporta a sus interpretaciones esa resonancia rica, profunda y casi vocal que cautiva al público.

Reconciliación musical

Brahms compuso su Concierto doble para violín y violonchelo en 1887 como una ofrenda de paz hacia su entrañable amigo, el célebre violinista Joseph Joachim. Su amistad se había roto años antes cuando Brahms tomó partido por la esposa de Joachim durante un amargo divorcio. Al ver la partitura, Joachim se conmovió, perdonó a Brahms y juntos estrenaron la pieza.

La combinación de violín y violonchelo solistas con orquesta era sumamente inusual desde la época barroca. Algunos críticos de la época bautizaron jocosamente a la obra como «el monstruo de dos cabezas», aunque hoy se considera una de las creaciones más sublimes y maduras del Romanticismo. Es la última obra sinfónica de Brahms y supuso un testamento musical fascinante al emparejar dos instrumentos de la misma familia de cuerda, pero con registros complementarios. Representa la culminación de la maestría contrapuntística de Brahms, donde violín y violonchelo no compiten entre sí, sino que tejen una densa y afectuosa conversación de cámara a gran escala.

Seis acordes grandiosos

El gobierno de Finlandia encargó esta sinfonía a Sibelius para conmemorar el 50.º cumpleaños del compositor, declarando ese día fiesta nacional. Sin embargo, Sibelius —siempre perfeccionista y obsesivo— no quedó satisfecho tras el estreno y reescribió la obra dos veces hasta dar con la versión definitiva en 1919. El famoso y glorioso tema de las trompas en el movimiento final nació de un acontecimiento real. El 21 de abril de 1915, Sibelius anotó fascinado en su diario: «Hoy he visto 16 cisnes. ¡Dios mío, qué belleza! Sobrevolaron mi casa durante largo tiempo. Su llamada es del mismo tipo que el tema de las trompas».

El impresionante cierre de la sinfonía, con seis acordes secos y separados por silencios prolongados, desconcertó al público en su época y sigue siendo uno de los finales más originales e impactantes de toda la historia de la música.

De nuevo Brahms y Chaikovski

El 29 de octubre la London Philharmonic Orchestra tiene otra ocasión para lucirse. El exigente Concierto para violín de Brahms fue calificado con sorna por el virtuoso Hans von Bülow como «un concierto no para violín, sino contra el violín», dada su inmensa dificultad técnica y la densidad orquestal. El célebre violinista español Pablo Sarasate se negó a interpretarlo debido al hermoso solo de oboe del Adagio: «¿Creen que voy a quedarme de pie en el escenario escuchando cómo el oboe toca la única melodía bonita de la obra?», protestó.

Dividido en tres movimientos, es considerado uno de los cuatro grandes conciertos para violín de la tradición germana (junto a los de Beethoven, Mendelssohn y Bruch). El Allegro non troppo es un movimiento mastodóntico y majestuoso, con una introducción orquestal larguísima y una cadencia central (la escrita por Joseph Joachim) donde el solista debe desplegar un doble acorde y un virtuosismo hercúleo. El Adagio incluye el inolvidable y nostálgico solo de oboe que en su día escandalizó a Sarasate, antes de que el violín retome la melodía con un tono de profunda confidencia íntima. Un rondó final de fuerte sabor rítmico húngaro, lleno de síncopas y danzas populares que exigen precisión milimétrica en el arco.

Al igual que en otras obras, Brahms volcó aquí su fascinación por la música romaní y popular húngara, que conoció de primera mano gracias a su estrecha relación con Joachim.

Sinfonía sin número

Basada explícitamente en el poema dramático, gótico y atormentado Manfred de Lord Byron, es la única sinfonía con programa de Chaikovski y no lleva número, situándose cronológicamente entre su Cuarta y su Quinta sinfonía. La sinfonía sigue paso a paso el tormento espiritual del protagonista: un noble maldito y aislado en los Alpes, atormentado por un pasado oscuro y un amor perdido, incapaz de encontrar la paz ni en la magia ni en la muerte. La Sinfonía Manfredo es una obra maestra de repertorio menos frecuente en las salas de conciertos, lo que convierte esta interpretación de la London Philharmonic en una ocasión verdaderamente excepcional para los melómanos.

Chaikovski invirtió una energía sobrehumana en esta partitura en 1885. Tras el estreno la calificó como «la mejor de mis obras sinfónicas», pero años más tarde, dominado por sus habituales crisis de autodestrucción, llegó a aborrecerla y quiso quemar la partitura dejando solo el primer movimiento. Afortunadamente, nunca lo llevó a cabo.

Es una de las piezas orquestales más complejas de interpretar por su magnitud. Requiere un gran despliegue de percusión, dos arpas e incluso un órgano en el clímax final, representando la redención y la muerte del héroe bajando a los infiernos.

Dos noches irrepetibles para reencontrarse con la excelencia orquestal y dejarse llevar por la magia de los grandes maestros del Romanticismo. Un banquete musical imprescindible en la agenda cultural de este otoño, para vibrar con la fuerza y la distinción de la London Philharmonic Orchestra en su paso por Ibermúsica.

56 años de buena música

Ibermúsica fue fundada por Alfonso Aijón en 1970, quien se propuso traer a España las mejores agrupaciones sinfónicas del mundo. Desde entonces Ibermúsica, ha evolucionado en concordancia con los tiempos conservando la calidad artística, el rigor y la pasión por el arte y la música. La institución ha trabajado durante 56 años y la relación de artistas que han debutado en España de la mano de Ibermúsica es enorme, gracias a la profesionalidad que ha sido consigna de esta casa. Asimismo, gracias a Ibermúsica se han estrenado en España numerosas obras de compositores tan relevantes como Stravinsky o Shostakovich. De la mano de Llorenç Caballero, actual Director General de la compañía, Ibermúsica sigue apostando por traer a nuestro país la mejor música con los mejores directores, solistas y orquestas del mundo en Madrid.

Quienes estén interesados en adquirir localidades, hay pocas disponibles en: www.entradasinaem.es; tel.: 902 22 49 49 o directamente en las taquillas del Auditorio Nacional de Música.

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Author: viajes24horas