3 capacidades extraordinarias que arrebatamos a los niños al crecer – y cómo preservarlas

Capacidades infantiles

Los niños no son un lienzo en blanco – o al menos no en el sentido literal. Si bien es cierto que deben adquirir muchas habilidades y conocimientos, no es menos cierto que también van perdiendo algunas de sus capacidades innatas.

De hecho, ¿sabías que tan solo dos días después de nacer los bebés ya son capaces de reconocer a su madre por el olor en tan solo 20 segundos, según un estudio de la Universidad de Florencia?

A medida que crecen y los otros sentidos se desarrollan, esa capacidad discriminatoria se va inhibiendo. Pero no es la única. La necesidad de adaptarse a la sociedad reconfigura su cerebro y cambia su foco de atención, de manera que se ven obligados a priorizar algunas habilidades en detrimento de otras.

Las habilidades infantiles que deberíamos preservar como un tesoro

Los bebés vienen al mundo con una serie de habilidades innatas fundamentales para sobrevivir y adaptarse al entorno. Los reflejos de succión y prensión, por ejemplo, son esenciales para garantizar su supervivencia. También cuentan con otras habilidades los ayudan a descubrir el mundo, como el reflejo de búsqueda.

Algunos de esos reflejos desaparecen de manera natural ya que dejan de ser necesarios a medida que el niño desarrolla habilidades más complejas, pero otras capacidades que sería importante preservar, se sacrifican en el altar de una sociedad demasiado enfocada en el éxito que relega el ser a un segundo plano.

1. Estar plenamente presentes en el aquí y ahora

Los bebés nacen con la extraordinaria capacidad de vivir en el presente. Tienen el mindfulness en su ADN. Cuando son pequeños, no se angustian por el futuro ni se sienten atados al pasado. Lo que ocurrió hace una hora, es agua pasada. Y lo que ocurrirá a la hora siguiente, una aventura por descubrir.

Cuando los niños pequeños se involucran en una actividad, disfrutan el momento al máximo. Cuando se entregan al juego, no hay un antes ni un después temporal. Tanto si construyen un castillo de arena en la playa como una figura de plastilina en casa, solo existe eso en su mundo. Cuando se sienten felices, ríen y cuando están mal, lloran. Experimentan sus estados emocionales sin disonancias. Se entregan plenamente.

No obstante, a medida que crecen comienzan a preocuparse por el futuro, se vuelven distraídos y les cuesta concentrarse. Su mente comienza a divagar y dejan de disfrutar de lo que están haciendo, lo cual abre las puertas a los problemas de atención en la infancia y la insatisfacción vital en la adultez.

¿Cómo los padres pueden preservar esa habilidad en sus hijos? 

Anima a tus hijos a disfrutar del aquí y ahora. Pídele que reduzca el ritmo cuando sea necesario, en vez de empujarlo a perseguir el éxito. Motívalo a valorar las pequeñas cosas, esas que solo se aprecian cuando estamos plenamente presentes, como una pequeña flor a la orilla del paseo o el canto de un ave. Deja que disfrute de los pequeños placeres sin apresurarlo, desde comer un helado hasta jugar con su mascota.

Si en algún momento lo notas preocupado, pídele que te cuente qué le ocurre y ayúdalo a solucionar el problema. Enséñale a dejar ir aquello que no puede controlar y préstale atención cada vez que te hable o necesite. Así crearéis el hábito de estar plenamente presente en casa y reforzarás su capacidad para vivir en el aquí y ahora, que es el único momento que realmente podemos controlar.

2. Asombrarse por la maravilla del mundo

El asombro no es, ni mucho menos, una capacidad banal. Hace siglos, Platón se refirió a él como un estado natural e indispensable para los filósofos porque, aunque se origina en la percepción, va mucho más allá impulsando el deseo de saber. Los niños pequeños viven en un estado de asombro casi permanente. Para ellos, todo es nuevo. Tienen el mundo entero por descubrir, por lo que no es extraño que se maravillen lo mismo con un caracol y una flor que con la forma de las nubes.

Mezcla de habilidad y sensibilidad, el asombro genera ilusión y fascinación, encontrándose en la base de la motivación y los intereses. No solo empuja a los niños a explorar y conocer su entorno, sino que también les permite disfrutar de ese trayecto. Es el componente lúdico del aprendizaje y el combustible que alimenta la motivación. Por desgracia, es una habilidad que se va desvaneciendo con los años, de manera que algunos adultos llegan a perderla por completo, lo cual puede conducirles a un estado de apatía y anhedonia en el que nada les mueve ni motiva.

¿Cómo los padres pueden preservar esa habilidad en sus hijos? 

Permite que tu hijo disfrute de su infancia sin prisas. Recuerda que cada vez que tu hijo mira por la ventana, es como si el cielo se estrenara ante su vista. Dale tiempo para que el mundo lo asombre. Alimenta su curiosidad natural. Motívalo a ir más allá y seguir profundizando en lo que lo apasiona.

Si salís a pasear, recuerda que el trayecto es más importante que el destino. Por tanto, anímalo a detenerse para explorar todo lo que llame su atención. Y si notas algo interesante, muéstraselo. Siempre que sea posible, permítele explorar libremente, y cuando te muestre el “tesoro” que acaba de descubrir, no le restes importancia ni lo desanimes diciéndole que es algo insignificante. Refuerza ese sentido del misterio, su sed de conocimientos y su capacidad de maravillarse ante todo, porque el asombro es su verdadero tesoro – aunque los adultos lo hayamos olvidado.

3. Creatividad para imaginar otros mundos posibles

En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento […] El conocimiento es limitado, pero la imaginación circunda el mundo”, dijo Albert Einstein. De hecho, a medida que las máquinas y la Inteligencia Artificial asuman las tareas más monótonas, la creatividad ganará protagonismo en nuestra sociedad.

Sin embargo, es una capacidad que vamos perdiendo a medida que avanzamos en el calendario, de acuerdo con una investigación realizada en la Universidad de California. Según estos psicólogos, los niños en edad preescolar son más creativos que los de edad escolar, que a su vez obtienen mejores resultados que los adolescentes y adultos.

Los niños pequeños tienen esa creatividad mágica que les permite soñar y tener amigos imaginarios o construir un palacio bajo las sábanas de la cama. Con el paso del tiempo, en gran parte debido a un aprendizaje demasiado reglado y un sinfín de actividades que se ha convertido en una auténtica carrera para saltar etapas, su pensamiento se vuelve más rígido y su imaginación se deshilacha. Así pierden la capacidad para imaginar otros mundos posibles. Y cuando no somos capaces de pensar en otras alternativas, estas no pueden materializarse.

¿Cómo los padres pueden preservar esa habilidad en sus hijos? 

Si quieres que tu hijo siga siendo creativo, no lo apartes del ocio, del juego libre y de la naturaleza. Déjale espacio y tiempo para que juegue, se divierta y explore, pero también para que se aburra porque en esos estados florece la creatividad. Proporciónale un entorno inspirador en el que se sienta libre para crear y expresarse.

Recuerda que cuantas menos cosas haga un juguete, más cosas hará la mente del niño. Por tanto, estimula el juego libre, ese que se va desarrollando paso a paso en su imaginación, sin reglas rígidas que seguir ni metas por alcanzar. Limita el uso de la tecnología y amplía el espacio de la imaginación. Anímalo a inventar historias, personajes y escenarios en sus juegos. No le cortes las alas a la fantasía porque es la base de la creatividad.

Preservar esas habilidades infantiles no es tan difícil, pero es necesario que los padres se replanteen el aprendizaje como un viaje que nace desde el interior de la persona, una aventura maravillosa en la que los adultos solo tienen el papel de facilitadores, respetando el ritmo de la infancia para preservar sus maravillosas características y permitir que sigan creciendo sin perder eso que les permite disfrutar de la vida y ser felices.

Referencias Bibliográficas:

Gopnika, A. et. Al. (2017) Changes in cognitive flexibility and hypothesis search across human life history from childhood to adolescence to adulthood. PNAS; 114(30): 7892–7899.

Ugalde, J. (2017) El asombro, la afección originaria de la filosofía. Areté; 29(1): 10.18800.

Marin, M. M. et. Al. (2015) Two-day-old newborn infants recognise their mother by her axillary odour. Acta Paediatr; 104(3): 237-240

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